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Germinar

GERMINAR

 

¡A mí no me regales eso, que no pienso montar! Esa fue su primera reacción cuando su hijo le dijo que le iba a regalar un triciclo para Reyes.

Había vuelto de New York a pasar las Navidades con la familia, llevaba ya tres años viviendo en Estados Unidos.

En esta familia las ruedas siempre han estado girando dentro y fuera de casa. Su padre con 70 años no sabe lo que es un día sin dar pedales. Su madre nunca ha subido a una bicicleta.

 

Con cuatro años tuve mi primera bicicleta, tengo vagos recuerdos de ella, con siete  me enamoré de una Lowrider amarilla con el sillín de banana blanco y un respaldo donde apoyaba toda la espalda hasta la altura de las cervicales, esto era el 6 de enero del 1977. ¡Con qué entusiasmo llegaba al pueblo todos los fines de semana! Iba corriendo al cobertizo y antes de que mis padres terminaran de descargar el coche, ya estaba yo pedaleando por las callejuelas del pueblo. Cuántas anécdotas os podría contar…, empieza a picarme todo el cuerpo cada vez que recuerdo el día que me caí en un ortigal yendo hacia la piscina en bikini, volví a casa haciendo aspavientos y llorando, ¡y sin la bicicleta! Unas horas después mi madre fue a recogerla en el camino donde la había dejado, por entonces la gente sabía que los objetos tienen dueño, y allí seguía la bicicleta.

 

 Me río, jajaja , viéndome  salir del huerto del tío Eusebio a horcajadas en la bici a toda velocidad, sin acertar a dar una pedalada, ¡qué susto me  di! Cuando de forma inesperada aquel cuadrúpedo se puso a saltar, correr como un poseso y dando coces al tiempo que rebuznaba como una alarma antiincendios -si solo le he dado un trozo de pan- pensaba. Fue la última vez que vi vivo  al burro del tío Eusebio.

Dicen que el amor dura tres años, es el tiempo que estuvimos mi Lowrides y yo juntas. Sentía, como yo crecía, pero ella no, y cada día que pasaba había más distanciamiento entre nosotras, con todo el dolor de mi corazón tuve que abandonarla.

6 de enero del 1980. Dos BH's, roja para mi hermano y marrón para mí -nunca me gustó ese color- ¡ya empezamos mal!

Junto a la BH viví toda mi adolescencia, los fines de semana, y veranos en el pueblo. Empiezan rutas al río, subidas a la montaña para bañarte en la presa, hoy he aprendido a soltarme de manos, el trasportín lo usas para llevar a los amigos y hacer “el cabra”, caídas…

Durante dos veranos toda la familia recorrimos el Mediterráneo  en una caravana, mi padre lo primero que miró fue que pudiéramos llevar las tres bicis y el resto de los detalles se los dejó a mi madre. Cinco días en Tavernes (Valencia) son los que más nítidos tengo de los dos veranos por el mediterráneo. Fueron mágicos, el primer día me hice amiga del hijo del dueño del camping, que tenía bici, y aunque ahora os pueda parecer un dato irrelevante, hace 32 años  escaseaban adolescentes con bici. Fue la primera vez que disfrutaba y me divertía con la bicicleta por la noche y en compañía. Nos íbamos a bañar de noche a una playa alejada de todo lo urbano y para llegar cruzábamos unos campos de naranjos, no recuerdo como íbamos y volvíamos sin luces, sin caernos, pero esas cinco noches de pedaladas nocturnas mi pituitaria me las recuerda a lo largo de estos años, cuando en algún momento le llega olor de la flor del naranjo.

 

Siete años estuvo conmigo y un día la regale, nunca la he echado de menos, solo la recuerdo.

Después, viene el carnet de conducir y empieza una época de años de encuentros cortos con bici prestada  y desencuentros largos.

Un día de primavera hace once años, estaba en el Retiro con mi perro, con prisa porque solo tenía una hora para pasearle, comer y volver al trabajo. Me senté unos minutos en el césped mientras mi perro jugaba con otros perros, y me llamó la atención una chica, que con despreocupación y sosiego guardaba un tupper y unos libros en una mochila, se la echó a la espalda, cogió la bicicleta, y con toda la tranquilidad y la calma que a mí me faltaba, me echó una sonrisa y me dijo: ¡hasta luego! El sábado por la mañana de esa semana me estaba comprando una bici.

 

Durante unos años he sido ciclista urbana y en estos últimos tres años, soy un híbrido entre carreteras y caminos.

 

Durante toda la cena de Navidad, mi hermano trataba de explicar a mi madre, como en New York la gente utiliza triciclos (bicicletas con tres ruedas) como una forma de desplazamiento, llevando a los niños al colegio, haciendo la compra, de paseo y de diversión, igual que con una bicicleta, con la ventaja de que no tienes que aprender a montar en bici, las tres ruedas te aportan el equilibrio para que no te caigas. De esta actitud negativa de mi madre de montar en un triciclo, me doy cuenta que el mayor enemigo de las bicicletas no son los coches, son los prejuicios.

 

 Y de esta cena familiar Navideña empieza a germinar “Tresruedasbikes”.

 

Espero que os haya gustado mi primer post y que sigáis visitándonos, porque seguiremos pedaleando.

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